El concepto de ciudadanía mundial no es nuevo en la comunidad mundial. Está tanto implícito como explícito en infinidad de documentos, cartas y acuerdos de la ONU, incluso en las palabras iniciales de la propia Carta de la NNUU: Nosotros los Pueblos de las Naciones Unidas...Ya se está promoviendo por todo el mundo, en todas las culturas por diversos ONGs, académicos, ciudadanos, grupos, programas educacionales, artistas y medios de comunicación. Estos esfuerzos son significativos, pero necesitan ser aumentados considerablemente. Una campaña cuidadosamente planificada y orquestada y de largo alcance para promover la ciudadanía mundial, que involucre a todos los sectores de la sociedad - local, nacional e internacional - debe ser armada. Debe ser impulsada con todo el vigor, la valentía moral y convicción que puedan reunir las Naciones Unidas, sus estados miembros y sus socios que estén dispuestos. 

En conclusión, la ciudadanía mundial es un concepto tan desafiante y dinámico como las oportunidades que enfrenta la comunidad mundial. Nosotros, los pueblos y las naciones del mundo, procederíamos con sabiduría si abrazásemos con valentía los principios sobre los cuales descansa y nos dejásemos guiar por ellos en todos los aspectos de nuestras vidas - desde nuestras relaciones personales y de comunidad hasta nuestros asuntos nacionales e internacionales; desde nuestras escuelas, lugares de trabajo y medios de comunicación, hasta nuestras instituciones legales, sociales y políticas.
De su diversidad la humanidad puede extraer sus mayores tesoros, siempre y cuando recobre el secreto de su unidad y se replantee el futuro solidariamente, en una Tierra que es su Casa común. 

Con el objetivo de instaurar la paz, la Constitución de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, parte de este atinado diagnóstico: "...puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz."
Hoy día vuelven a plantearse de modo exacerbado, pero sin las ilusiones y el fervor de 1945, los graves problemas que dieron lugar a la creación de la UNESCO, los problemas de la paz y de la guerra, del subdesarrollo material, técnico y económico que padecen el Sur y el Este y del subdesarrollo psíquico, moral e intelectual, que es universal. 

A la hora de hacer un balance de este milenio, hay que remitirse a las tres preguntas que dos siglos atrás formulaba Kant: Qué puedo saber ? Qué debo hacer ? Que puedo esperar ?


LAS ANGUSTIAS DE UNA AGONIA 

Nuestro planeta peligra: la crisis del progreso afecta a toda la humanidad y provoca rupturas por doquier, hace crujir las articulaciones y origina repliegues particularistas; se reavivan las guerras; el mundo pierde la visión global y el sentido del interés común. En todas partes, la fe en la ciencia, en la técnica, en la industria, entra en conflicto con los problemas que éstas suscitan. La ciencia no siempre es capaz de aclarar y elucidar; a veces está ciega frente a su propia aventura, que se sustrae a su control y a su conciencia; al igual que el bíblico árbol "de la ciencia", sus frutos encierranb a la vez el bien y el mal.

Esa enorme máquina que se llama ahora la tecnociencia, no sólo produce conocimientos y elucidación, sino también ignorancia y ceguera. La evolución de cada una de las disciplinas científicas no ha dado como único fruto las ventajas de la división del trabajo, sino también los inconvenientes de la supuerespecialización, la compartimentación y la fragmentación del saber.

Tantos problemas dramáticamente relacionados entre si inducen a pensar que la situación del mundo no es una mera crisis, sino ese estado violento -en el que se enfrentan las fuerzas de la muerte y de la vida- que se conoce con el nombre de agonía.

Aunque solidarios, seguimos siendo enemigos unos de otros, y el desencadenamiento de los odios por motivos raciales, religiosos o ideológicos sigue provocando guerras, matanzas, torturas y menosprecio. La humanidad no logra dar a luz a la Humanidad. No sabemos aun si es la agonía de un mundo viejo, anunciadora de otro nacimiento, o si es una agonía mortal. 
Ya habíamos predido los principios que nos enraizaban en el pasado; ahora hemos perdido las certezas que nos guiaban hacia el futuro.

Ninguna ley de la historia garantiza automáticamente el progreso. Estamos viviendo a la vez la crisis del pasado y la crisis del futuro, la del devenir de nuestra era planetaria, que se caracteriza entre otras cosas, por los problemas cada vez más graves que plantean la urbanización del mundo, los desórdenes económicos y demográficos, las regresiones y los enstancamientos democráticos, la marcha acelerada y descontrolada de la tecnociencia.

Al riesgo de llegar a una civilización homogeneizada que destruya la diversidad cultural se suma el riesgo opuesto, una "balcanización" de los pueblos que haga imposible una civilización humana común. Bien se puede decir que la situación de nuestra Tierra corresponde a la etimología de la palabra planeta: "astro errante". Estamos viviendo una gran aventura hacia los desconocido. 


NACIONALIDAD: TERRESTRE

La propia Tierra ha perdido el que fue su universo; el Sol ha pasado a ser un astro minúsculo entre miles de millones de otros en un universo en expansión; el planeta es un punto en el cosmos; su superficie es un insignificante brote de vida tibia en un espacio helado en que los astros se consumen con una violencia inimaginable y los agujeros negros se autodevoran. Mientras no se disponga de más información, sólo en este diminuto planeta hay vida y pensamiento. Es la casa común de todos los seres humanos.

Se trata ahora de reconocer nuestro vínculo consustancial con ella y desechar el sueño prometeico de dominar el universo para asumir la aspiración a una buena convivencia en la Tierra. No tenemos tampoco que oponer lo universal a las patrias (familiares, regionales, nacionales), sino unirlas concéntricamente e integrarlas en el universo concreto de la patria Tierra. Tampoco hay que oponer un futuro radiante a un pasado de vasallaje y superstición. Todas las culturas tienen sus virtudes, sus experiencias, su sabiduría, y todas sufren de carencias y de ignorancias. En su pasado es donde un grupo humano encuentra energía para afrontar su presente y preparar su futuro.

Todos los seres humanos son hijos de la vida y de la Tierra. Hay que rechazar, pues, el cosmopolitismo sin raíces, que es abstracto, y abogar por un cosmopolitismo de la Tierra, por la ciudadanía de nuestro pequeño planeta singular. Todos los nuevos arraigos étnicos o nacionales son legítimos, siempre y cuando vayan acompañados de un arraigo más profundo, en la identidad humana terrestre.
Lo que caracteriza a lo humano es la unitas multiplex: es la unidad genética, cerebral, intelectual y afectiva de nuestra especia, que expresa sus innumerables potencialidades a través de la diversidad de las culturas. La diversidad humana es el tesoro de la unidad humana, y ésta es a su vez el tesoro de su diversidad. Del mismo modo que se impone una comunicación viviente y permanente entre las singularidades culturales, étnicas y nacionales, y el universo concreto de una patria Tierra para todos.

CIVILIZAR LA TIERRA

Hay un imperativo absoluto: civilizar la Tierra, lo que no sólo significa confederar a la humanidad en el respeto de las culturas y las patrias, sino también democratizar y solidarizar. Democratizar: la democracia presupone y nutre la diversidad de intereses y grupos sociales y la diversidad de ideas. Ello significa que no debe limitarse a imponer la voluntad de la mayoría, sino reconocer también el derecho a existir y expresarse de las minorías y de los descontentos. Necesita consenso en cuanto al respeto de las instituciones y reglas democráticas, y requiere al mismo tiempo conflictos de ideas y opiniones que le proporcionen vitalidad y productividad. Pero la vitalidad y la productividad de los conflictos sólo pueden darse en el acatamiento de la regla democrática, que regula los antagonisnmos sustituyendo las batallas físicas por batallas de ideas y, mediante debates y elecciones, determina quién es el vencedor transitorio de las ideas en liza.

Solidarizar: sólo si progresa en solidaridad puede una sociedad progresar en complejidad. La complejidad creciente conlleva en efecto un aumento de las libertades, de las posibilidades de iniciativa, de las posibilidades de desorden, tanto fecundas como destructoras. El extremo desorden deja de ser fecundo y pasa a ser principalmente destructor, y la extrema complejidad se degrada en desintegración, con la desmembración de los componentes de un todo. La reinstauración de la coacción puede mantener, evidentemente, la cohesión del todo, pero en detrimeto de la complejidad. La única solución integradora favorable a la complejidad es el desarrollo de la auténtica solidaridad, no impuesta, sino sentida y vivida interiormente como fraternidad. Esto, que es válido para una patria en particular, debe aplicarse ahora a la patria terrestre común.Surge aquí el problema de la reforma del pensamiento y el del replanteamiento de la educación. No puede haber conciencia de todos estos problemas si no hay un pensamiento capaz de ligar las nociones desunidas y los saberes compartimentados. Los nuevos conocimientos gracias a los que descurbrimos el lugar que ocupa la Tierra-patria en el cosmos, carecen de sentido mientras permanezcan aislados. La Tierra no es la suma de elementos distintos (planeta físico + biosfera + humanidad), sino una compleja totalidad físico-biológico-antropológica en que la vida es una emergencia de la historia del planeta y el hombre una emergencia de la historia de la vida.

El tipo de pensamiento fragmentario, que desmenuza todo lo que es global, ignora por su propia naturaleza el complejo antropológico y el contexto planetario. Ahora bien, no basta blandir el estandarte de la globalidad, hay que asociar sus elementos en una articulación organizadora compleja, hay que contxtualizar la propia globalidad. Se impone una reforma del pensamiento que engendre un pensamiento del contexto y de la complejidad.

El pensamiento del contexto: la política, la economía, la demografía, la ecología y salvaguardia de la diversidad biológica y de la diversidad cultural deben concebirse en términos planetarios. Pero inscribir en un marco planetario todas las cosas y todos los hechos no es suficiente; hay que buscar siempre la relación de inseparabilidad y de interretroacción entre todo fenómeno y su contexto, y de todo contexto con el contexto planetario.

El pensamiento de la complejidad: hace falta un pensamiento que una lo que está desunido y compartimentado, que respete la diversidad y reconozca al mismo tiempo la unidad, que trate de descubrir las interdependencias. Un pensamiento multidimensional y organizador que conciba la relación recíproca todo/partes y que, en vez de aislar el objeto estudiado, lo considere en y por su relación autoecoorganizadora con su entorno. Un pensamiento que reconozca su carácter incompleto y negocie con la incertidumbre, sobre todo en la acción, pues sólo hay acción en lo incierto.

POR UNA RECIPROCIDAD GLOBAL

A lo largo de la historia se ha visto muchas veces que lo posible se torna imposible, pero también se ha visto que lo inesperado se realiza y que sucede lo improbable en vez de lo probable. Hoy día sabemos que las posibilidades crebrales del ser humano permanecen en buena parte sin explotar. Como las posibilidades sociales guardan relación con las cerebrales, nadie puede asegura rque nuestras sociedades hayan agotado sus probabilidades de mejorar y de transformarse y que hayamos llegado al final de la Historia.

La posibilidad antropológica y sociológica de progreso restaura el principio de esperanza, pero sin certeza "científica" ni promesa "histórica". Es una posibilidad incierta, que depende mucho de la toma de conciencia, de la voluntad, de la valentía y de la suerte. De modo que tomar conciencia es algo urgente y primordial. Estamos comprometidos a escala planetaria en la obra esencial de la vida, que es resistir a la muerte. Civilizar y solidarizar la Tierra, transformar al género humano en humanidad, pasa a ser el objetivo fundamental de todo proyecto que aspire, no sólo al progreso, sino a la supervivencia de la humanidad. La conciencia de que todos somos mortales debe llevarnos a una solidaridad y una conmiseración recíprocas, de cada cual con cada cual y de todos con todos.